A Base de Plantas

Cambiar a una dieta a base de plantas fue el despertar de un nuevo día. Antes ya había buscado por un cielo en tierra 
Con la introducción de esta dieta a mi vida, noté el cambio -mejor dicho, la transformación- de la noche a la mañana. El sueño nos elude a la gran mayoría de nosotros, de tener una dieta que regule con eficacia el apetito y, ante todo, que now ayude a mantener un peso ideal sin grandes esfuerzos y nos brinde equilibrio emocional, que nos dé una piel más lozana, que nos llene de energía. Si empezamos por detallar los aspectos positivos, restaríamos importancia a la historia que les quiero contar y que es fruto de la consciencia, ya que comiendo más frutas y vegetales, carbohidratos, nueces, es llenarse de vida y dejar atrás el fantasma omnívoro que hace estragos no solamente a nivel personal sino ambiental, sin contar el sufrimiento innecesario de los billones de animales que sacrificamos anualmente para saciar el apetito carnívoro. 






En un comienzo, mi único propósito era bajar de peso. Descubrí, poco a poco, las cosas que fomentan el bienester, leí libros de superación personal, como muchos. Introduje ya hace mucho a mi repertorio de vitalidad la meditación, dormir bien, reducir drásticamente las bebidas alcohólicas, no fumar, ni siquiera marihuana. Y es que aunque antes ya conocía todos estos males, apenas los podía sobrellevar y mantenerlos relegados, dejarlos como muchos hacen para ocasiones especiales, cuando uno está de vacasiones o en la buena mala compañía. En Sumaria, se hallaron unos de los escritos más antiguos en la humanidad, que después se descubrió era una receta para hacer alcohól. Así que quizás mucho antes de que fuésemos escritores, ya éramos bebedores. Y es posible que la escritura haya sido inventada para preservar la manera de hacer bebidas alcohólicas. Es más, se cree que la razón por la que dejamos de ser cazadores nómadas y acatamos una existencia más sedentaria con la introducción de la agricultura, fue para poder proveernos de este manjar neurotóxico, con la intención de emborracharnos, vivir de la tierra y tener más tiempo para mirar lejos y fornicar. 
Quizás le haya añadido algo de mi imaginación, pero no está muy lejos de la verdad, según los señores de la ciencia. 
¿Habrán éstos ido después de una larga jornada de indagación científica a la barra y frustrados ante la falta de materia prima para la imaginación deducido, con o sin razón, que lo bueno de la vida era estar con los amigos, escuchar música e invertarse una manera de cómo entablar conversaciones con las mujeres de la tribu cosmopólita en que vivimos ahora? Imagino que no podían esperar llegar a casa y contarles a sus esposas todos los disparates que se les habían ocurrido en sus estudios rigurosos, a lo mejor la borrachera habría sido una manera de poner a prueba sus conjeturas. 
Cualquiera sea el caso, de acuerdo a muchos estudios ya mucho antes de ser agricultures, incluso antes de volvernos empedernidos bebedores y confabular con garabatos de tinta, mucho antes de que empezáramos a plasmar en lienzos de piedra nuestras osadías, como la gran mayoría del reino animal, incluso mucho antes de que fuésemos humanos,  ya éramos empedernidos herbo-frugívoros. 
Se especula que los otros antropoides, mucho más temerarios y arrestados, nos expulsaron del paraíso arborícola al exilo de la selva y plantarnos sobre la tierra, expuestos por siempre a la incertidumbre de la planicie sabana. A lo mejor, de allí sacamos pecho, no sólo para afrontar la situacion con dignidad, sino como una adaptación evolucionaria, con el fin de detectar depredadores más allá de la maleza. Con la cabeza en alto, también aparentamos ser más grandes de lo que somos, aunque parte del suplicio se debía a nuestra insignificancia. No podíamos volver a la protección y el alimento que nos brindaran los álamos, así que tuvimos que comer del fruto caído, asiduos a la sombra cavernosa, y en tiempos de inanición nos volvimos más taciturnos que los bulliciosos primates que reinaban en los álamos. Nos volvimos carroñeros de presas devoradas por ápices depredadores en la cúspide alimenticia para extraer la médula ósea del hueso. De aquí deriva la ansiedad que nos caracteriza, pero también el impetuoso ingenio, prototipos de no andarnos por las ramas. 


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